De Lacan a Darwin, por Dylan Evans

Este es el relato de un recorrido intelectual. Comienza con mi adopción entusiasta de las ideas del psicoanalista francés Jacques Lacan y finaliza, unos cinco años después, con el rechazo de dichas ideas. Entre estos dos eventos, escribí un libro acerca de Lacan, que ha sido desde entonces el texto clásico de referencia para aquellos que están trabajando en la teoría lacaniana (Evans 1996). Actualmente, ocho años después de que el diccionario fuese publicado, de vez en cuando recibo correos electrónicos de lacanianos desconcertados que se han dado cuenta de que el autor de uno de los libros de referencia claves en su campo ha continuado escribiendo otros libros con títulos evidentemente no lacanianos, tales como “Introducción a la Psicología Evolucionista” (Evans 1999). La cuestión más interesante acerca de estos correos no es tanto su contenido como su tono, el cual suele ser de conmoción, consternación o enojo de que, quien alguna vez fuera un discípulo, haya traicionado por completo la fe. Quizás no usen tales referencias religiosas de forma explícita, pero es claro por su irritación que, para estos interlocutores, se trata de algo más que un asunto intelectual. No ven mi cambio de parecer como el resultado de una honesta y sincera búsqueda de la verdad, sino como una traición, una apostasía, una caída de la gracia. Este ensayo es un intento de ir más allá de tales descripciones simplistas y de explicar exactamente cómo y por qué llegué a cambiar de parecer.

Sin embargo, antes de que comience con mi relato, quizá deba explicar por qué se encuentra en un libro acerca de teoría literaria. Lacan fue un psicoanalista y no un crítico literario –un hecho que difícilmente necesite ser aclarado en aquellas partes del mundo, tales como Francia y América Latina, donde sus ideas son conocidas por más que una pequeña minoría–. Visite una clínica psicoanalítica en París o un hospital psiquiátrico en Buenos Aires y lo más probable es que encuentre a un terapeuta aplicando las ideas de Lacan en su práctica clínica. Sin embargo, en el mundo de habla inglesa, difícilmente algún terapeuta haya escuchado hablar de Lacan.

En Gran Bretaña, Estados Unidos y Australia las pocas personas que lo han oído nombrar suelen ser críticos literarios y teóricos de la cultura. En estos países, las ideas lacanianas son usadas primariamente como herramientas de crítica de obras literarias y otras manifestaciones culturales. Pero cualquiera sea el uso que se le quiera dar a un conjunto de ideas, nada productivo puede resultar si las mismas están viciadas. Ya sea que se usen en la clínica o en la sala de conferencias, las ideas de Lacan son completamente inadecuadas desde el momento en que se apoyan en una teoría de la naturaleza humana que resulta ser falsa. Llegué a darme cuenta de esto cuando comencé a tratar pacientes –la realidad de la clínica no concordaba con la teoría de Lacan–.

Los investigadores literarios son menos propensos a notar la discrepancia puesto que la interpretación textual es mucho más maleable que las fobias, los ataques de pánico y otros síntomas experimentados por seres humanos reales. Espero que, al compartir mi recorrido intelectual con aquellos investigadores en el campo de la literatura que aún utilizan la teoría lacaniana, también ellos puedan percatarse de la inadecuación del edificio conceptual de Lacan.

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